Un país como el nuestro cuya vida gira para la mayoría en torno al fútbol no estaba preparado para las derrotas. Y así en todo el sábado fue el silencio el que se instaló y no porque esa misma mayoría no hubiera tenido el paraguas abierto ni bien se supo que era España a quien habría que jugarle.
Pero una cosa es tener un poco de historia y otra exagerar la manija prendida del recuerdo sin la prudencia de tener los pies en la tierra. Por lo menos para evitar que el impacto nos enterrara de cabeza (una vez más) como si el resto del mundo no progresara ni los deportes evolucionaran más allá del lugar de donde provienen por lo menos 10 selecciones sin trayectoria.
Peor aún: no conocemos el mundo ni su gente, ni sus ciudades. Y así como muchos se sorprendieron en el mundial de Sudáfrica pensando que todavía vivían allí Tarzán y sus descendientes encontrando en cambio ciudades coronadas con enormes torres, autopistas y estadios sin nada que envidiar a Europa ,también fue sorpresa el resultado. Esa mayoría que no piensa, o no quiere pensar y se engaña es la misma que le asignó a Cabo Verde o Costa de Marfil nula chance pero ellos siguen y nosotros no.
Nuestro mal llamado periodismo especializado ha tenido parte en la manija, tanto que en el afán de los medios de competir por quién enviaba más reporteros se incluyeron comediantes de baja estatura intelectual capaces de cualquier expresión disparatada. Detrás de los medios, las campañas publicitarias tampoco se ahorraron elogios y ahora (con el diario del lunes) resulta penoso ver avisos premonitorios de éxito y jugadores con pose de cracks cuando algunos de ellos tuvieron un fracaso estrepitoso.
Sobre ese fracaso se paran ahora los periodistas especializados, buscando seleccionar culpables, dueños de la última palabra. Sus exageraciones de antes buscaron esquivar que se les calificara de pesimistas cuando en realidad sin ser demasiado fatalistas hubiera sido prudente explicar realidades y sobre todo munirse de información sobre lo que ocurre en otras partes del mundo que es lo suficientemente grande como para conocer sus realidades.
Contaban nuestros abuelos que en los primeros mundiales donde Uruguay era totalmente desconocido (como ahora) los jugadores realizaron movimientos grotescos en las prácticas comportándose como indígenas para engañar a sus rivales europeos. Si no fue cierto merece haberlo sido. Pero de verdad el gran problema es creérsela, más allá de que no seamos los peores.
Lo que viene dependerá de la puntería de los futuros programas, seleccionadores, capacidad de trabajo y sinceramiento a todo nivel porque saber escuchar al otro, sacarse el balde y buscar información sin descalificar previamente nos pondrá en un camino por lo menos modesto.