Si hay una palabra etimológicamente clara en nuestra bendita lengua castellana, es “prejuicio”. El prefijo “pre” indica lo que está antes, que precede, en este caso, a la apreciación sobre lo verdadero o lo falso, lo bueno o lo malo que el ser humano, en uso de sus facultades intelectuales, emite como dictamen, parecer u opinión. Y lo hace antes de tiempo o de tener un conocimiento cabal
o completo del acto o de la persona que juzga.
¿Quién puede decir honestamente que nunca ha prejuzgado? Nos dejamos llevar fácilmente por las apariencias, las simpatías personales o los juicios ajenos, a menudo interesados, sobre nuestros congéneres. Existen también los prejuicios sobre religiones, razas, colores, nacionalidades. Hace un tiempo, la publicidad televisiva presentó diversas imágenes, no necesariamente prejuiciosas, cada una de las cuales, correspondía a un país y era su rasgo más distintivo. Para Uruguay eligieron un futbolista.
“Los italianos lucharon con poco entusiasmo” durante la segunda guerra mundial. Esa afirmación la hicieron, inclusive, representantes de los países que intervinieron en la guerra, de un lado y del otro, los de la consigna “Credere, obbedire, combattere” del Eje y los aliados. ¿Hasta donde es cierto? ¿Se puede generalizar y afirmar que los italianos, en general, no eran bravos combatientes?
Se ha publicado una novela que puede ayudar a destruir este prejuicio. Se trata de “El italiano” de Arturo Pérez Reverte.
Se parte de un hecho real: entre 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras y más de una treintena si se cuentan los que corrieron igual suerte en Argel y Alejandría y Suda (Creta). Pérez Reverte, con su larga experiencia como corresponsal de guerra en diversos frentes, con sus conocimientos de navegación y de actividades subacuáticas sabe escribir sobre combates, sobre armas y sobre torpedos. Para el lector común, hay páginas sobre esos puntos que pueden resultar áridas. Pero es una novela y hay ficción. No conviene adelantar demasiado sobre su contenido.
“El italiano” es un libro entretenido y refleja los atributos reconocidos del escritor: buena creación de personajes, ritmo narrativo sostenido, investigación que se traduce en la precisión de los datos aportados. Y el fondo de una guerra, tan triste como lo son todas, sobre la que planean los sentimientos: el sentido del deber, el honor, y, sobre todo, la amistad y el amor.