El profesor Guido Castillo -al que ya he citado otras veces, porque su magisterio me dejó honda e imperecedera huella-, nos decía en sus clases sobre Dante, que muy pocas personas viven grandes amores. Y en un sentido más radical, expresaba: "Hay genios e idiotas del amor. La mayor parte de los hombres vive en la parodia del amor". Claro que esto, con ser cierto en más de un sentido -y sobre todo actualmente con el mal uso y el bastardeo mediático que se hace de dicha palabra-, habría que acotarlo y matizarlo.
La época contemporánea vive bajo el imperio de la incertidumbre. La caída de los metarrelatos, la crisis de las verdades absolutas, han minado lo que fueran en otro tiempo las grandes certezas de la Humanidad. La Edad Media rindió culto a la mujer -bajo el influjo de la Virgen María, considerada suprema intercesora-; el concepto de lo femenino se consagraba y se sublimaba a dimensión religiosa. La religión de lo femenino se entronizó en el "Dulce Estilo Nuevo" cuyo máximo exponente fue Dante; y la adoración de Madonna Laura de Petrarca, son algunos de sus máximos exponentes. El Renacimiento hizo trizas estas certidumbres. Y el Iluminismo del s. XVIII más aún. El imperio de la razón y la eclosión de la imagen geocéntrica del universo, socavó las viejas certezas. La experiencia del amor, tampoco ha sobrevivido a esta hecatombe. Contemporáneamente todo es incierto y -salvo los que creemos en fidelidades perdurables y en el imperio de la voluntad-, los sentimientos también son huidizos y más o menos perecederos.
Shakespeare -tan actual en muchos sentidos-, le hace decir a Hamlet: "Yo te amaba antes, Ofelia". "Yo no te amaba". ¡En pleno siglo XVI esta dialéctica pura, este paradojal estado del alma, es una definición agónica y genuina del espíritu de la modernidad!
Acota con exactitud Jorge Albistur: "La ambigüedad moral es una forma, y la más dolorosa para el hombre, de la incertidumbre". ("En tiempos de incertidumbre", Banda Oriental, 2015, p. 37).
Solo para espigar algunas citas más que confirmen todo esto, ya en el siglo XX, Pablo Neruda, en uno de sus más conocidos poemas, dice:
"Ya no te amo, es cierto, pero quizás te amo. / Es tan corto el amor y tan largo el olvido".
Y Antonio Machado, que conoció el amor sin embargo, en pleno siglo XX también, llegará a afirmar ya en una especie de absoluto solipsismo:
"Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y más,
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás".
Machado consagra la absoluta subjetividad del sentimiento amoroso: construcción y prospecto del alma del amante. El amor es exclusivamente la verdad interior de quien lo experimenta.
DULCINEA Y ALDONZA
Hago un breve paréntesis para evocar al enamorado Don Quijote. En la gran novela de Cervantes, se refleja la crisis más honda de la modernidad. Don Quijote crea su enamorada que, al decir de Jean Babelon "es la hipóstasis de las Beatrices y las Lauras". Sus sentimientos hunden las raíces en la Edad Media. Sin embargo, Dulcinea es la creación de una maravilla a partir de una mísera realidad. Detrás de ella está la pobre labradora del Toboso. El alma religiosa de Don Quijote, adora a Dulcinea; pero la realidad se la va desencantando. Cuando llega a estar por fin ante las tres aldeanas, en una escena culminante y genial de la novela, en la que Sancho trata de convencer a Don Quijote de que Dulcinea ha sido encantada, se invierten los términos: Sancho ve entonces lo fantástico y Don Quijote ve lo real. Y dice Cervantes que Don Quijote "miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora". Don Quijote ha visto a Aldonza. Por más embuste que Sancho ha forjado, ha terminado por mostrar a su amo quién es realmente su Dulcinea. Un olor a ajos crudos "atosigó" el alma del caballero. "El alma", dice Cervantes, no las narices. La realidad se ha llegado a su sueño como un veneno poderoso. En esta escena emblemática se inicia el desencantamiento del mundo, que ha llegado a su paroxismo en nuestra contemporaneidad.
EL IMPERIO DE LA INCERTIDUMBRE
Ortega y Gasset decía que el estado de enamoramiento es un fenómeno de la atención, como la mística. El enamoramiento es una especie de idiotez metafísica en el que el foco de atención se reduce al mínimo, y se borra el resto del mundo.
Se comprenderá entonces, cuánto ha transcurrido desde aquel sentimiento religioso prodigado a la criatura amada, "señora de los pensamientos" del poeta.
El amor naufraga en medio de las procelosas aguas de la duda y la experiencia contemporánea.
Desde una cosmovisión cristiana que es la que profesa quien esto escribe, el amor no puede prescindir de su dimensión oblativa. El verdadero amor es compromiso definitivo y oblación absoluta: descentramiento del yo para consagrarse al otro. Pero fácil es reconocer, que este concepto ha naufragado para una gran mayoría de los hombres, en el mar de la duda que combate las verdades del alma; y la incertidumbre que impera también bajo el concepto de indeterminación para la ciencia de este siglo. El "entre" ha quedado subsumido a la subjetividad y el relativismo de todo; pero esto ya es harina de otro costal y materia para nuevos desarrollos.