Un luchador que contagió su pasión y amor por el Carnaval y que desafió durante dos años la crueldad de la enfermedad que lo fue demoliendo, reunió en un abrazo a la distancia, a la enorme familia del Carnaval uruguayo.
Integró la banda musical más popular de la historia (Karibe con K) y revolucionó el parodismo con Zíngaros, otro fenómeno popular en sí mismo.
Esa sintonía con la gente es sin dudas su máximo legado, según escribieron varios de los principales protagonistas de la fiesta de febrero, destrozados por la noticia que si bien era esperada, no dejó de sacudir hondamente.
Pinocho Sosa le puso sacrificio y ganas a un enorme amor a la titánica tarea de generar arte compartido con la gente, durante 40 años, y en su propia barbacoa particular tenía un verdadero escenario de Carnaval con trajes y elementos de caracterización con los que maravilló en los escenarios del Teatro de Verano.
A los 58 años al complicarse el cáncer que le habían diagnosticado dos años atrás, se produjo su deceso.
Ayer se realizó el velatorio de sus restos donde la figura de su hijo Gastón compartió mensajes y recibió apretados saludos de personas de todas las edades.
El cortejo fúnebre pasó frente al escenario Ramón Collazo, camino al cementerio del Buceo donde se realizó la despedida final.
Un largo aplauso de todos los presentes sobre las 16 horas de ayer, quedó registrado en numerosísimas grabaciones de imágenes que hicieron sus fans y subieron a las redes, recordando anécdotas y testimoniando el sentir de cada uno de aquellos que, desde diferentes ángulos, lo conocieron, lo trataron y aún tuvieron discrepancias y distanciamientos.
Fue parte de la Sonora Palacio y hoy descansa en el recinto final identificado con su nombre Robert Ariel Sosa Gramajo.