Hace cien años, el dos de agosto de 1921, falleció en Nápoles, su ciudad natal, el tenor Enrico Caruso. Aunque hay muchos registros de su voz y fue conocido y reconocido en todo el mundo, no faltará quien recuerde su nombre sobre todo en función de la salsa que lleva su nombre. La anécdota es conocida: el éxito acompañó las visitas de Caruso a Montevideo, como en todas las ciudades que visitaba. Años después, como forma de homenaje, un cocinero piamontés del restaurante “Mario y Alberto” de Montevideo, agregó a la crema de leche jamón cocido, hongos y extracto de carne obteniendo una salsa ligeramente amarronada que acompaña muy bien a la pasta, especialmente a los cappelletti.
Dotado por la naturaleza de una voz potente, con gran amplitud de registros, Caruso tuvo durante tres años un maestro, Guglielmo Vergine, pero fue prácticamente autodidacta en todas las innovaciones con las que perfeccionó su técnica vocal, seguidas por todos los tenores posteriores a él, Se consideró siempre tenor. En oportunidad de haber cantado en el teatro San Carlo, “Elisir d’amore” de Donizetti, un crítico lo calificó de barítono. Ofendido, Caruso no cantó nunca más en Nápoles. Sin embargo, todo había empezado allí, en el barrio Marinella, donde los señores tomaban sus baños de mar y, entre zambullón y zambullón, oían al joven Caruso interpretar canciones populares, en el tiempo que le dejaba libre su trabajo de mecánico y sus intervenciones en el coro de la iglesia.
Su impostación vocal se desarrollará en el área de la ópera lírica, que es, en esencia, música cantada que expresa un drama hecho de sentimientos y emociones. En 1894 se presentó en el teatro Nuevo de Nápoles con “L’amico Fritz” de Morelli, en 1897 lo solicitan de Livorno para “La Bohème”, pero es a partir de 1898 que se hizo conocer y admirar, sobre todo después de su viaje a Nueva York, cuando ya había renunciado a presentarse en teatros de Nápoles. En 1903 cantó por primera vez en el Metropolitan Opera de Nueva York donde siguió presentándose hasta 1920, siempre como primer tenor, acogido con fervor, no solo por sus numerosos compatriotas que vivían en América, sino por el público en general.
Logró algo que aún hoy es difícil: interpretar con igual calidad y elegancia la más refinada ópera y una canción popular que ni siquiera podía calificarse de italiana, porque era cantada en dialecto. Larga fue la lucha para tener una “lengua italiana”: las primeras manifestaciones de una lengua común tendrán que esperar al período 1910-1912 en el norte industrial de Italia. La canción napolitana y la influencia de la canción francesa están en el origen de la llamada canción moderna; aparecen nuevos nombres y festivales, en todos los países, especialmente después de la segunda guerra mundial. Pero el prestigio y el recuerdo de Enrico Caruso perduran. Aun hoy, si se pregunta a un italiano por los mejores tenores que ha dado ese país tan rico en el arte musical, la respuesta será seguramente: Enrico Caruso y Luciano Pavarotti.