La literatura es un hada madrina, una guía dulce o inquietante; una brújula que nos conduce a alguna parte o a ninguna, que nos salva o nos condena. Pero esencial a la vida. Por eso la vida no se puede pasar sin literatura. Esta situación límite a que hemos llegado por la pandemia, ha culminado en un corte abrupto de los vínculos más o menos lógicos y previsibles con el prójimo y con la fijación de nuestros propios objetivos. Estamos en un impasse existencial: solos y amenazados, nos hemos ido quedando sin futuro.
En tal contexto, me viene al espíritu con insistencia hace días el célebre relato de Herman Melville: "Bartleby, el escribiente". En esta breve novela de 1853, el escritor norteamericano relata la historia de un joven que ingresa a trabajar a la oficina de un abogado de Wall Street como copista. En la primera etapa, el empleado exhibe una extraordinaria aplicación a su tarea, hasta que un día en el que se le encomiendan otras actividades, el misterioso personaje de quien nada más se nos dice, responde: "Preferiría no hacerlo". Esta réplica se repetirá cada vez que se le asigne una nueva actividad. El narrador lo describe como esa figura "pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada".
El personaje persistirá en esta negativa pertinaz, ejerciendo sin embargo una extraña fascinación sobre su empleador, que no se resuelve a despedirlo.
" La cadavérica indiferencia de B.", su "maravillosa mansedumbre", desarma al jefe. B. acaba viviendo en la oficina, y el juevesefe arrienda otro local: es literalmente desplazado por su empleado. El día en que la oficina es contratada por un nuevo arrendatario, Bartleby es expulsado, pero sigue viviendo y deambulando en los pasillos del edificio. Ante lo cual es arrestado y acaba en prisión. Su antiguo empleador, compadecido, lo sigue visitando, le lleva comida a la cárcel, que el joven se niega a ingerir, hasta que un día lo encuentra muerto de inanición.
"Preferiría no hacerlo", se convierte desde entonces en una misteriosa y paradigmática expresión de resistencia o capitulación: tal vez ambas cosas. El detonante de la acción y de todas las relaciones de sus personajes. La oficina de Bartleby se sitúa en Wall Street, es decir en el corazón de la actividad financiera del capitalismo contemporáneo.
La actitud de B. puede interpretarse como una capitulación ante la forma más consumada del sistema capitalista: el engranaje más perverso de intereses lucrativos, en desmedro de lo puramente humano. Una resistencia implícita a la alienación del hombre por el dinero. Una resistencia contumaz y pasiva.
Pero en un plano aún más profundo, la actitud de B. puede entenderse como una capitulación misteriosa de la vida; de una vida si acaso, por lo que podemos suponer -no lo sabemos-, de soledad absoluta y sin amor. La soledad es, o puede llegar a ser, la cifra existencial de este mundo en que vivimos.
BARTLEBY Y NOSOTROS
Y aquí viene la asociación con lo que estamos padeciendo. El corte abrupto de la cadena de intereses que nos socializa y nos oprime, el freno del consumo, la suspensión de objetivos más o menos inmediatos y engañosos que nos movilizan, el vacío de sentido enmascarado en objetivos embusteros y en retórica hueca, el diferimiento o simplemente la prescindencia del pensamiento de la muerte, nos exponen a un vacío insoportable; nos abocan a los fines últimos siempre postergados, y que no queremos ver. La consigna de B. dinamita la lógica de un mundo perverso; lo deja enfrentado a una pared de enfrente y lo sume en un vértigo espiritual y un tedio que subvierte nuestra racionalidad cotidiana.
Bartleby, se convierte hoy en un símbolo de esa resistencia: de la capitulación ante una vida alienada e inauténtica.
"Preferiría no hacerlo", es la consigna eterna de la negación de un mundo deletéreo y condenado. Un autor marxista se lamentaba de
que la literatura de su tiempo no expresara el punto de vista de los trabajadores. Pero Melville se mueve hacia una dirección aún más profunda: se desliza por un sentido de la existencia hasta el absurdo, porque todas la relaciones se disuelven en la obcecación del escribiente. Porque el mundo en el que vive es absurdo, evade el planteo del sentido y conduce a la apoteosis más horrible de la soledad.
La actitud de prescindencia y capitulación del personaje, puede ser interpretada como la manifestación de una enfermedad del espíritu: pero al fin y al cabo, el producto de una sociedad enferma y que nos enferma.
"Preferiría no hacerlo", conduce al colmo de la absurdidad, de un sistema que ha llevado a su extremo exponencial a la acción productiva, al lucro y la expoliación de los más débiles, a la incomunicación y el descarte. Esto ha alcanzado su clímax, en la experiencia desesperada de esta pandemia que hace aflorar lo más profundo; y en la dramática soledad de los que agonizan en los hospitales.
"Preferiría no hacerlo", se podría convertir en lema del vacío inquietante y angustioso a que estamos abocados, como Bartleby. Y del que algunos imbéciles morales o interesados útiles nos quieren distraer.