Aunque me dije a mí mismo "zapatero a tus zapatos", no resistí a la tentación de hacer algunas reflexiones sobre el "berenjenal" en que se ha metido nuestro gobierno en el tema sanitario. Sería farsesco si no fuera trágico. Y nadie interprete que en estas consideraciones esté tratando de desdramatizar.
Son apenas algunas asociaciones que se me ocurren a propósito del rotundo fracaso de la actual política sanitaria y el callejón sin salida a que nos condujo, con el saldo de cientos de compatriotas muertos y la realidad dantesca de los centros hospitalarios saturados y varios de ellos ya en estado de colapso.
Lo que me induce a estas reflexiones, es el hecho de que el gobierno haya politizado todo a tal punto, que nos ha conducido a un callejón sin salida, aunque pretenda negarlo.
Primero, se empezó la vacunación completamente tarde, perdiendo un tiempo precioso en prevención y tratamiento, sobre todo a la luz de la experiencia de otros países que comenzaron a padecer la pandemia mucho antes.
No sé si por la mentalidad del maracanazo, o porque los uruguayos somos únicos -tal como lo preconiza una lamentable publicidad financiada por el Estado, que utiliza y mal, a los sobrevivientes de los Andes-, o porque simplemente las autoridades se sobrestimaron en demasía.
Pero además, y este es el centro de mi columna, han estado las apreturas de las negociaciones por las vacunas. Y ahí empieza el cálculo mezquino de su adquisición, determinado por las especulaciones políticas. Primero se ignoró de la manera más descomedida el ofrecimiento de la Argentina, de la dosis de la vacuna rusa. Allí, presumo, se han de haber mezclado razones de prevención ante las políticas de Alberto Fernández, el no querer contraer compromisos con nuestro vecino ideológicamente tan antagónico, menos aún ahora que el presidente uruguayo pateó el Mercosur; y además, la propia procedencia de la vacuna Sputnik, de un país, ya no comunista hace décadas, pero aborrecido por EEUU.
Surgió entonces, en medio de una borrascosa negociación -entre mentiras y desmentidos-, el convenio con China: la Sinovac, con la que se está vacunando a una amplia franja de la población.
Pero resulta -y esto es lo que me hace gracia en medio de tamaño drama, que no lo sufre el gobierno sino nosotros-, que hace dos días nos enteramos de que el enviado del presidente Biden al Cono Sur, en las propias narices de nuestro gobierno, declaró que China vende sus vacunas a cambio de favoritismos y negocios económicos y políticos. ¡Qué gracia le habrán hecho al presidente -tan soberano y liberal, y preocupado por hacer bien los deberes sobre todo ante el Imperio del norte-, estas declaraciones del enviado de Joe Biden! Justo en una encrucijada geopolítica crucial, cuando EEUU envía un submarino nuclear a las aguas del Atlántico Sur; y hace pocos días existiera también malestar en nuestra hermanos argentinos, porque Uruguay ofrecería nuestro puerto para la provisión de combustible a barcos británicos que viajan a las Malvinas.
Y como última perla del collar, aparece la "Soberana", la vacuna de Cuba que acredita casi un cien por ciento de efectividad, y se reparte gratis, como corresponde a un país socialista que no está supeditado a las draconianas leyes del mercado, ni a los intereses salvajes de la industria farmacéutica internacional.
¡Qué cachetada en el rostro de un gobierno que sigue esgrimiendo el falso lema de la "libertad responsable", y se le está muriendo la gente casi en medio de la calle! Pero la Soberana, es una palabra prohibida acá. Seguramente no existirá más que en la mente de algunos nostálgicos y trasnochados subversivos. Mientras tanto, los que integramos la franja de 70 a 80, una de las más vulnerables, seguimos sin fecha para la vacunación. Se ve que no les alcanzaron las vacunas Pfizer.
Estas ideas -u ocurrencias más bien-, quería verter en un nuevo impulso de indignación; que tiene sin embargo una punta farsesca, viendo cómo ponen estos dichos y hechos en vereda al gobierno multicolor, tan sensibilizado ante el sufrimiento de su pueblo.