Estas son historias del siglo pasado.
Vas a tener que hacer un esfuerzo para entenderlas.
Te hablo de los sábados de noche, allá por los sesenta y los setenta.
Faltaban veinte o treinta años para que nacieras.
Salíamos a divertirnos como vos ahora.
Tal vez la diferencia estaba en que nosotros salíamos exclusivamente a bailar.
¿No me entendés?
A ver.
Conseguir una compañera para bailar no era sinónimo de querer casarnos o de emborracharnos juntos.
No.
Yo no digo que ustedes...digo que nosotros disfrutábamos de movernos abrazados al ritmo de la música que tocaban seis tipos vestidos iguales arriba de un escenario.
Simplemente eso: ¡Íbamos a bailar!
Ni a fumar, ni a tomar, ni a acostarnos con nadie.
Aunque fumáramos, tomáramos o nos acostáramos.
Íbamos a bailar y no te imaginás como disfrutábamos aquello.
Faltaban unos años todavía para que llegaran las discotecas con sus luces negras y sus bolas espejadas al interior del país.
Otros tiempos.
Otros tiempos incluso con respecto a los relojes.
La noche del sábado empezaba enseguida del mediodía con lavados de cabeza, torniquetes, Polyanas, pomadas de zapatos, planchas y canciones de moda que salían de las radios a válvulas.
En algunas fechas nos calzábamos el traje, que en ocasiones tenía perfume a hermano mayor.
Corbata obligatoria y -ya que estábamos- gemelos. Brochecitos dorados o nacarados que prendían los puños de la camisa y combinaban (aunque nadie lo advirtiera) con el aprieta corbata.
A la noche, un portero odioso y amigo de nadie, controlaría rigurosamente en la puerta del club.
Ni la vacunadora, ni el policía, ni el dentista...ninguna ocupación era más antipática que la de "portero de baile".
¡Y antes de las diez salíamos de casa!
Sí, ya sé, eso para vos es de tardecita.
Sin previa, sin tomar nada, sin pasar por ningún lugar intermedio y por supuesto... caminando.
Por aquellos años las ciudades del interior tenían tres bailes importantes.
Uno de ellos era en el "Club Social" que llevaba el nombre de la ciudad, de un feriado o lucía un patriótico "Artigas" o "Uruguay".
Allí danzaban los estancieros, lo más granado de la sociedad local y los que sin ser uno ni otro, nos dábamos maña para entreverarnos en la pista.
Es más, en la década del cincuenta y del sesenta en muchos de ellos no dejaban entrar negros.
Si vieras el estado en que se encuentran hoy muchos de ellos, no podrías entender como hizo el racismo para pasearse insolentemente por las pistas de baile.
Una segunda opción eran los clubes que nacían como alternativa a tanto rigor social y que para demostrarlo llevaban nombres como Progreso, Democrático, Obrero o Teatros Italianos o Españoles.
Y todas las variantes de unidad y pacificación: El Unión, la Unión, el Paz y Unión.
Como tercera opción aparecían los clubes deportivos como Wanderers, Olimpia, Cycles, Solís, Remeros, Ferrocarriles, Sportivos y Deportivos, que en verano utilizaban sus patios o sus canchas de basquetbol como pista de baile.
¿Una diferencia? Tenían una cancha de bochas al fondo, estupendo lugar para visitar acompañados y conversar recostados a la baranda, intentando "tirar el chico lejos".
¡Hasta en tren!
¡Te juro que a algunos bailes íbamos en tren y volvíamos el domingo a mediodía!
Salón Independencia, La Paz, los bailes del Parque Rodó, lo de Roig, el Maravilla, los del URU, la 41 en San José, el Urupan, el Oriental o el Salón El Mago.
Pero yo quiero hablarte de los clubes sociales donde había que reservar mesa para el baile o el recibo.
Cartelitos con apellidos de las familias indicaban la propiedad de una mesa con ocho sillas en régimen de alquiler.
A veces había que mandar a la tardecita a un par de niños a sentarse con una Coca Cola durante tres horas, para conseguir ubicación cerca de la pista y lejos del bar y los baños.
A la noche, en esas mesas se acomodaban nuestras futuras suegras, nuestras compañeras de baile y hasta sus hermanitos menores, que iban quedando dormidos entre abrigos y carteras. Las cabecitas con jopo empezaban a caer, soñando con una almohada, en sillas que se juntaban para formar camas de cármica.
Esta no me la vas a creer: en la última media hora del baile las mesas quedaban solas porque todos salían de farándula con música brasilera.
Allí quedaban las botellas, los sifones, las cajas de cigarros, los sacos y hasta las carteras, porque en ese lugar y en ese tiempo lo que no era tuyo...no era tuyo.
¡Sí!
¡Nuestras compañeras de baile iban con sus padres!
¿Te imaginás que el sábado te acompañe mamá?
Tocaba la jazz, la típica, la beat o la tropical.
En realidad la jazz lo único que no tocaba era jazz y la típica muchas veces se ponía una camisola floreada en el entretiempo y se convertía en tropical.
Cambiaban el banderín de los atriles, agarraban una paira, escondían el violín, arrimaban un acordeón a piano y de "Quinteto Arrabal" pasaban a "Sonora Tropical" en un abrir y cerrar de fuelle.
Fue por esos tiempos que, para orgullo nuestro, las orquestas locatarias empezaron a recorrer los clubes de otros departamentos: Los Alfiles, Los Duendes, Jabón en Polvo, Los Rockers, Sol Naciente, Los Tábanos, Capenamambi, Los Bohanes, Los Blue Kings, Los Teenager, Bahía Tropical, Sagitario, Vagabundos, Las Sandías, Baldosa Floja, Quo Vadis, Los Hermanos del Silencio, Grupo Tropical Moderno, la Típica y Jazz de Barbizán, los Caballeros del Tango, Espigas, Golden Star, asi mezcladas, las buenas y las no tanto. Con la típica nos animábamos pocos.
Más bien usábamos esa media hora para recorrer las mesas.
Por esos años empezábamos a fumar y paseábamos por el club un vaso con espinillar o medio y medio, para tratar de impresionar como tipos recios que fumaban y tomaban alcohol.
Un vaso nos duraba toda la noche.
La típica era una orquesta con bandoneón, contrabajo, piano y hasta violines.
Un tipo de bigote finito tocaba el gigantesco contrabajo haciendo muecas raras con la cara, un gordito con paño rojo en la pierna hacía resoplar el bandoneón. Un flaco con los dedos cargados de anillos zamarreaba el piano y el galán de patillas canosas entraba por la mitad de la actuación y cantaba mientras le sonreía a las que pasaban bailando.
Los primeros tangos se tocaban para disfrute de padres y tíos de nuestras compañeras de baile, que se lucían con cortes y quebradas.
Daba gusto verlos bailar, pero achicaban a cualquiera.
Ninguno de nosotros se animaba a salir cuando estaban aquellas parejas de baile.
¡Eso eran!
¡Parejas de baile!
Y muchas veces entre ellos lo único que había era un baile.
Incluso algunos matrimonios se cruzaban entre sí para bailar una cumbia o una milonga.
¡Conocí gente que fue pareja por tres o cuatro años!
Pero pareja de baile.
A nadie se le ocurría que bailar te obligaba a algo más. Lo que no quiere decir que no nos enamoráramos bailando.
(Continuará)