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Una Generación que Resolvió Encerrarse
10 dic 2018 | Marciano Durán - Segunda parte

La gente no va al fútbol.

Sólo se ha salvado el fútbol por televisión, o por decirlo mejor: se ha salvado la televisión que trasmite fútbol, que no es lo mismo.

Y con ellos los partidos santificados por los medios.

Lo que quedó afuera -llámese fútbol del interior, local, provincial o departamental según en que país se encuentre- sobrevive con las migajas que se caen del banquete.

¡En la ciudad en que vivo la media de asistentes a espectáculos culturales en el año fue de 33 personas! ¡Una ciudad de 50 mil habitantes! Reflejo del resto del país.

¡Fui a ver a mi equipo de fútbol y conmigo éramos 25 hinchas al costado de la cancha!

Es que la gente ya no va a la misa ni al cementerio y hasta los entierros de estos tiempos son un fracaso.

¿Te acordás de los entierros de antes?

El velatorio hervía de gente, salían a las veredas a hacer cuentos. Casi no existían los autos pero los cementerios igualmente se llenaban y competían los domingos con la feria, el fútbol y la matinée.

Las retretas, las fogatas de San Juan, la banda en la plaza, las carreras y las marchas sindicales.

Todo servía para salir.

Algo nos pasó mientras mirábamos la tele.

Alguien nos jodió feo y ni siquiera nos avivamos en los reclames.

¡Fin!

Se terminaron las tardes de loterías de cartones entre vecinos, las guerras de agua en el barrio y las navidades con serenatas casa por casa.

¡Fin!

Nos tocó a nosotros el triste privilegio de estar mirando la tele, chateando o mandando mensajes de textos cuando nos cambiaban el mundo.

¿Para qué ir al fútbol si el que dan en el cable es gratis, mejor jugado, las tribunas están llenas, la pelota pica bien y las camisetas son Nike?

¿Para qué ir a ver a tu sobrino que juega en la esquina si en tu casa no pasás frío, no te corren los barras bravas y no te roban la casa por dejarla sola?

¿Vecinos?

Psé… el día que los vecinos salgan en la tele los voy a empezar a considerar.

¡No te imaginás cómo nos comunicamos ahora con Nicolás!

Cuando vivía con nosotros apenas si lo veíamos porque se acostaba cuando nosotros nos levantábamos y apenas si hablábamos. ¡Pero ahora que se fue a España y tiene Internet y camarita, chateamos todos los días y lo vemos a cada rato! Ayer nos presentó a Camilo, nuestro nieto. ¡No te imaginás la carita de felicidad que puso cuando nos vió!

¡Fin!

¡Y a mirar televisión que se termina el mundo!

Que mientras exista diversión permanente entrando por el coaxil no habrá nada que nos distraiga y nos preocupe demasiado.

Mientras nos presenten en el noticiero las guerras, los atentados, las inundaciones, las epidemias y los negritos africanos como un selecto muestrario de sufrimiento ajeno, nos iremos acostumbrando a tanta angustia.

Cerquita… porque están en living.

Lejísimos… porque no puedo hacer nada por ellos.

Y te vas acostumbrando.

Te indignás ante el primer caso, te duele el segundo, el tercero te lo tragás y al cuarto ya lo estás esperando porque se demora en llegar.

Así está el mundo, amigos.

Pavoneándose en pantalla plana, mientras nosotros nos indignamos y se nos pasa a una velocidad de 1.024 k.

Con el repertorio de excusas necesarias que nos ayudan a justificarnos: Estaba muy frío para ir, la entrada era cara, justo pasaban la final de Calamuchita y Congo Belga, el cura se manda unos discursos insoportables, mi hijo había sacado una película en el video club, cada vez que voy me manguean, no estoy para perder el tiempo con discusiones eternas, para la próxima avisame con más tiempo, los ultras están pesadísimos, justo arrancó a llover y pensé que lo iban a suspender.

Más que excusas, lo que hemos presentado en los últimos años han sido coartadas para escaparnos de los demás.

Antes había que hacer un esfuerzo para quedarse en casa.

Siempre había alguien que nos chistaba desde afuera.

Ahora el esfuerzo lo necesitamos para decidirnos a salir.

¡No mandaron a guardar!

Y allá fuimos, balando.

Nuestro nuevo modelo de vida incluye velocidad, miedo, desconfianza, inseguridad y superficialidad.

Es la derrota de lo colectivo ante lo individual, adiós al sentido de pertenencia, chau instituciones que nos cobijaban e igualaban por un rato por lo menos a los que tenían más con los que tenían menos.

¿Cuál será ahora el límite del individualismo?

¿Iremos perdiendo también la solidaridad con aquellos a quienes queremos mucho?

Cuando optamos por la comunicación tecnológica sobre la real con las personas de nuestra más cercana familia, cuando preferimos comunicarnos a través de cualquier aparato que tenga cables, cámaras o micrófonos ¿no nos estamos acercando a ese límite tan jodido?

El asiento que no damos en el ómnibus, el tipo que no alcanzamos a ver durmiendo tapado con cartones en 18, nuestro cruce de vereda ante la mujer que se desmaya ¿serán los modelos del trato que utilizaremos con nuestros hijos o nuestros padres dentro de unos años?

¿Cuál es el límite del individualismo?

¿Tiene?

¿Iremos sólo a los lugares santificados por los medios como los shopping, los casinos o los mega espectáculos?

Hemos resuelto encerrarnos, hemos resuelto quedarnos conectados, entubados, asistidos mecánicamente, en coma colectivo y profundo.

Y para hacerla completa, estamos formando a nuestra imagen y semejanza a la próxima generación.

Los estamos educando en la cultura del encierro.

Algunos de nuestros gurises ya nacieron en cautiverio y nosotros le suministramos el Play Station para anclarlos convenientemente.

No hay tiempo para lo colectivo.

Afuera hay inseguridad.

Sálvese quien pueda.

Hacé la tuya.

No hay tiempo para lo colectivo.

Hay que trabajar más que antes porque tenemos que pagar las cuotas de los aparatos que nos mandaron comprar, para ayudarnos a bancar tanta soledad.

Nos guste o no nos guste, somos la generación que resolvió encerrarse y encerrar a sus hijos.

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