Rapiñas, droga, malvivientes, desechos, perrería, defecación y abuso de la paciencia de la población seguirá llenando las páginas de los diarios junto a las crónicas de sucesos violentos. Volver a contar episodios es aburrir con datos repetidos, así que podríamos por ejemplo, ir más a fondo en las causas para demostrar que aunque se ensayen medidas originales la situación tiene algo seguro: será peor cada día.
Esto que parece a primera vista un razonamiento fatalista parte de elementos claros y fácilmente demostrables: la aparición en escena de una nueva sociedad, la Sociedad de la Calle. Este grupo está integrado por personas de bajísimo intelecto que a diferencia de otros agrupamientos sociales no tiene líderes ni responde a ninguna directiva que no sea el impulso natural. Por supuesto no están dispuestos a respetar ninguna norma establecida (que para ellos sencillamente es desconocida) y al no tener jefes ni conductores forman una entelequia con vida propia que todos los días crece y se multiplica como células malignas. Malignas para el resto de los habitantes de cualquier ciudad que por ahora son mayoría.
Y precisamente la mayoría constituyó lo que se conoce como Clase Dominante, aquella que con el paso del tiempo fue dándose a sí misma normas de conducta creando leyes de auto-regulación estableciendo en códigos escritos lo que cada habitante podía o no podía hacer en su relación con los demás. Esa Clase Dominante impuso la ley como forma única de convivencia, pero no tuvo en cuenta que un día legiones cada vez más enormes desafiarían la ley, el orden y hasta la propia capacidad de controlar a todos.
La aparición de la droga resulta fundamental para transformar las mentes de decenas de miles y el problema de hoy no son los narcotraficantes, sino la cantidad de demandantes de droga que crecen exponencialmente. Es la gente la que decide consumir psicoactivos y cada día se suman decenas y decenas en todo el país sin que haya una sola pausa. Del consumo a la calle hay un minúsculo paso y de la calle al delito ni qué hablar.
¿Qué hacer entonces frente a una multitud nueva que crece sin parar, copa la calle, no respeta porque ni siquiera tiene conciencia de lo que hace, no tiene ni conoce límites y además no tiene líderes ni jefes?.
Simplemente son y nada más. Les da lo mismo la cárcel que la libertad, porque nunca aprendieron algo.
Entonces, la alternativa de la Clase Dominante (esa que fue creando con los años leyes de convivencia) será poner en cárceles a la enorme multitud que forma la Sociedad de la Calle, o resignarse a compartir las ciudades juntando lo que otros tiran, reponiendo lo que otros rompen, o metiéndose entre rejas.
Hasta ahora todo lo que hemos escuchado son infantiles razonamientos orientados a un iluso proceso educativo que en la realidad no será posible por obvias razones.
Las ciudades más grandes son las que más sufren las consecuencias.
Montevideo por ejemplo vio desaparecer en menos de 10 años la virtuosa Avenida 18 transformada hoy en una pauperización de gente tirada, mugre, comercios cerrados y las elegantes vidrieras de antes en persianas bajas y además blanco de grafittis.
Las galerías son hoy grutas oscuras ocupadas por algunos pocos sobrevivientes que se mantienen gracias a que dejaron de pagar alquiler porque el resto se mudó a cinco o 6 shoppings en otras zonas más seguras. Y tampoco tanto.
Todo lo anterior no es drama ni fatalismo. Es un relato de la realidad que muchos se resisten a admitir y otros aprovechan para atribuirlo a gestiones político partidarias.