Los ojos de muchos uruguayos se posaron en estas horas en China a donde nuestro presidente llevó la más numerosa delegación de la historia.
Asia deslumbra por su tamaño. Y antes, cuando Mercosur y UE firmaron las bases de un acuerdo también la ilusión se reflejó en los rostros. Soñar con un socio gigante que todo lo puede es para todo país pequeño la mayor de las noticias posibles.
En “Los Nadies” Eduardo Galeano reflexionó que “Las pulgas sueñan con comprarse un perro y los pobres sueñan con que llueva suerte/ lluvia y de la buena/ a chaparrones”.
Pero ¿basta con coquetear con un gigante? La historia reciente nos ha demostrado que la voracidad de las compañías modernas van de país en país buscando instalarse en aquellos que resulten más baratos y el nuestro no es un país barato.
El mundo actual está mostrando con dureza la cruda realidad de que para aspirar a ser el elegido de las grandes compañías hay que tener pocas regulaciones en materia de mano de obra.
El contrasentido de hoy es que los países cuyos obreros sean muy baratos están siendo elegidos dejando a un lado aquellas ecuaciones donde las leyes sociales, nivel de salarios y condiciones de trabajo se han desarrollado. Los gobiernos que defienden el trabajo bien remunerado a través de leyes exigentes parecen ser castigados por las compañías internacionales a la hora de instalarse y aquello de la “seguridad jurídica” de que se ha hecho gala parece derrumbarse a la hora de la practicidad.
Paraguay se sigue llevando los emprendimientos uno tras otro precisamente porque tiene trabajadores mal pagos y muy poca legislación que defienda los derechos del laburante. Y Argentina va rápidamente en busca de una nueva ley laboral que flexibilice las normas del trabajo para no quedar afuera de jugosas inversiones.
¿Entonces? ¿También nosotros deberíamos hacer lo mismo?
Es como si nos metieran de a poco en un camino sin salida obligándonos a elegir entre buena legislación laboral sin trabajo o salarios de hambre con abundante oferta laboral.
Ya lo estamos viendo en supermercados con venezolanos dispuestos a todo luego de sufrir las peripecias laborales propias de naciones golpeadas por las crisis.
Lo duro es que esta realidad está más allá de connotaciones políticas; hay una crueldad creciente donde el ser humano quedó a un costado y donde la ola nos pasará por arriba.