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La Vida Justificada
6 dic 2021 | Juan Francisco Costa

(Sobre el libro "Otredad y locura: reflexiones de un psiquiatra",

 Dr. Gustavo Mora, editáonline, 2021, Montevideo).

Voy a empezar casi con un lugar común. Porque lo que voy a citar, ha sido muy llevado y traído. Pero cuando terminé de leer este libro -y mientras lo leía-, me venía al alma la famosa advertencia de Walt Whitman sobre su obra "Hojas de hierba": "Camarada, esto no es un libro; quien toca esto, toca a un hombre". Porque si mi disposición a su lectura no era justamente la de un especialista en el tema -y ni remotamente médica o científica-, después de leerlo comprobé con satisfacción que no es un libro de psiquiatría, sino casi una aubiografía espiritual, por momentos un diario íntimo, el recorrido de un periplo vital exaltante y doloroso: la revelación de un hombre. Con una sustancia esencialmente humana y un poderoso impulso de amor a los hermanos, a los más marginados y sufrientes. Con una importante dimensión además, de denuncia a las graves deficiencias del sistema de salud mental y al mundo lucrativo y desalmado que vivimos: materia esta de un tenor más ensayístico que es su componente alternativo.

Pero este libro también, y por sobre todo, está espléndidamente escrito; tiene vastos pasajes que son verdadera poesía en prosa, transportadores y sublimes. Y tiene recurrentemente una "poética" del discurso, a merced de la cual el escritor busca y se busca insistentemente, para dar con el meollo expresivo, con la forma más fidedigna de la experiencia a trasmitir. A cierta altura me hizo pensar en Mario Levrero; y no me equivoqué. Poco después el autor cita "La novela luminosa" que lo ha fascinado. Claro, esa misma búsqueda, esa exploración que yo diría religiosa en el paso a paso de la existencia; y el intento de encontrar las palabras que vehiculicen esa búsqueda en lo que parece lo más anodino a veces de nuestro existir. Ese escrutinio de lo más rayano de la cotidianidad, del tecleo de la computadora o los insomnios de las noches, en donde acaso se esconda nuestra mayor verdad. Esa aventura que relata Levrero, que no es excepcional y menos heroica, pero que cautiva al extremo de no poder dejarlo, se explica me parece por la identidad que sentimos con lo que nos está contando. Ese es nuestro modo -aunque inconfesable- de vivir. Y ese también me parece, es el secreto y el cautiverio de este libro. "Como si fuese el marco exacto y mejor de mis vaivenes, de mi transitar entre la sinceridad más plena y la mayor de las escaramuzas, ha amanecido un día frío, con un sol que no sabe si asomarse u ocultarse. (...) Y la grisura es la pátina de todo en adelante". (P. 110) Este pasaje que lamentablemente amputé, es de una poesía exacta y sublime: asocia el estado de conciencia con la ambigua incertidumbre del amanecer. Y realiza la introspección más aguda de la incertidumbre de la conciencia: sinceridad o escaramuzas. Esa desconfianza capital en la íntima sinceridad y las trampas al solitario que solemos  infligirnos. Y la compasión -el autor prefiere llamarle "comprensión"- de sus pacientes; elijo llamarle "compasión", porque no es ni más ni menos que eso: un "padecer con". Esto apenas que transcribo, lo ilustra bella y dolorosamente: "Me gusta muchas veces regodearme en la soledad, de la que disfruto cuando puedo, para dedicarme a poner en palabras mis evocaciones, reparar o acicalar en silencio mis errores, mis aciertos,  mirar los paisajes o leer un buen libro. Los grises protagonistas de mis cotidianidades laborales se hallaban, y se hallan, en otra soledad, la más perversa"(P. 55). Su impulso de amor -de compasión-, es lo que más ennoblece este libro y al hombre que lo escribió. Yo fui a él esperando encontrar al psiquiatra erudito -que también lo es-, pero encontré al hombre, que ni siquiera se diferencia de sus pacientes, transitando como lo hace, por esa delgada e imprecisa frontera entre normalidad y locura: "...las consultas no demasiado pobladas permitían usar el tiempo de manera generosa para mostrar que nadie está libre, que éramos dos iguales, en roles diferentes, por encima de mis conocimientos". (P. 17)

Para terminar, confieso que este libro -en el que subyace una tristeza fundamental e inefable-, reconcilia con lo humano; y que es un desmentido en todo caso, de lo que su autor -desde la filosofía materialista que profesa, que respeto pero no suscribo-, sostiene sobre la casi exclusiva -no total- condición de producto que somos los seres humanos. Tal como dice Víctor Frankl en su libro "El hombre en busca de sentido", la última de las libertades humanas, la más esencial es aquella en que elegimos nuestras actitudes en las condiciones más extremas de dolor y sojuzgamiento; tal como lo han experimentado tantos seres humanos-y él de modo exponencial- en los campos de concentración nazi o en la inminencia de la muerte. Y ni decir Gustavo Mora, con su terrible experiencia de maltrato y cárcel en la dictadura, que está presente a lo largo de todo el libro; pero que es la argamasa de su profundo y generoso humanismo. El propio autor sostiene: "El asunto consistía, tal vez, en (...) cómo tolerar la frustración, cómo darle un sentido positivo, dónde buscar en cada cual el por qué, como decía Frankl, para recorrer el cómo 'curador', codo a codo, en la relación con el otro-paciente sin morir en el intento". (P. 190) Aun coincidiendo absolutamente con él sobre las inequidades de la sociedad que hemos hecho o que heredamos, y en el imperativo ético de hacer todo por cambiarla, Gustavo Mora es el ejemplo de verdadero albedrío y de una opción de vida y un modo de estar plantado en el mundo. 

Y simultáneamente, se cumple en este libro mayoritariamente narrativo, lo que estableció Paul Ricoeur: lo que somos, constituye nuestra identidad que se va verificando a través de la autenticidad de cómo se va dando. Ricoeur ha enunciado el principio de "identidad narrativa". Su idea fuerza es que una vida es solo un fenómeno biológico hasta tanto se interpreta. La identidad narrativa se hace y se deshace continuamente porque no es una identidad estable y sin fisuras. Este es el secreto del libro de Mora. En progresos y retrocesos, en caminos espiralados, entre alegría y angustia, se va buscando a sí mismo. Y plasma así la identidad de una vida. No resta más que estarle profundamente agradecido.

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